fbpx
Ciencia de la felicidad y bienestar

Sobre la ayuda, mascarillas, filantropía y generosidad

La ayuda tiene, poco a poco, buena prensa. Exige superarse contra las tendencias egoístas, narcisistas y el individualismo en exceso.

En contra de la idea de la supervivencia de los más fuertes, la ayuda nos muestra la verdadera traducción de «the survival of the fittest», los más aptos, que son aquellos que aprendieron a colaborar juntos.

Algunos lo han asociado a la debilidad, al «buenismo» (que no es peor que el «malismo» que conste) e históricamente de Platón a Kant pasando por Hobbes, se ha considerado en parte así. Sin embargo la compasión está profundamente grabada en nuestro cerebro. No es impulso bobo ni una emoción irracional, sino una parte indispensable de la naturaleza humana, enraizada en nuestra biología.

Ayudar elicita la misma actividad cerebral en el núcleo accumbens y en el cingulado anterior (asociados comúnmente a las posibles recompensas) que recibir. No solo eso, regula nuestro sistema nervioso autónomo, produce oxitocina y además se puede cultivar y expandir. ¿Acaso te extraña ahora porqué nos movilizamos también para ayudar?

Sin embargo hay ayudas y ayudas y se confunden, tanto que se igualan todas como si nacieran del mismo lugar, merecieran el mismo prestigio y causaran las mismas consecuencias.

La ayuda genuina (1) es la espontánea y anónima, la que no reclama para sí mérito especial y la que se siente como «es lo que hay que hacer».

La estamos viendo en estos días. Sin lugar a dudas en sanitarios que no solo ejercen su profesión, sino que la extienden más allá, en policías, UME, bomberos, profesores y miles y miles de voluntarios y personas que sin nombre, sin cara, sin repercusión hacen lo que hay que hacer, cada uno poniendo su granito de arena.

Pierden poco tiempo en quejas, en insultos, en odios, en críticas y en dar soluciones mágicas a problemas complejos: prefieren pasar a la acción porque hay mucho que hacer. En vez de sentarse se ofrecen a construir un mundo mejor, cada uno desde su lugar.

Son héroes silenciosos, aunque ellos rechazan el término y nos dicen que solo son humanos ayudando a humanos. Hemos confundido al héroe con las pelis de Marvel, y el torpe de Star Wars que necesita 4 películas para volverse a hablar con su padre y decirle te quiero.

Pero sí lo son, a tenor de lo que la ciencia nos muestra sobre qué es heroico y cómo se ejerce. En contra de lo que pueda parecer, lo heroico no es analítico, no se piensa, se hace, como el  parisino que escaló cuatro pisos por la terraza para salvar a un niño y dice: «no sé, solo sé que subí». Lo heroico destaca por la capacidad de altruismo asumiendo un peligro personal en vez de diluirse en el comportamiento medio.

Los héroes hoy llevan mascarilla, casco, guantes. Hacen espontáneamente lo que sienten que hay que hacer y no son especialmente conocidos o reconocidos. No necesitan togas, ni galones en la solapa para indicar status y distinción, sus ropas destilan sudor, grasa y esputos.

La ayuda filantrópica (2) es otro nivel. Desata posiciones extremas, tristemente habitual en sociedad polarizadas que tienen fronteras todavía muy rígidas entre el bien y el mal. Los que la critican plantean el rechazo a la misma desde los juegos de suma cero: si hay alguien que tiene es porque otros no. No puede haber alguien que suba si no es por medios ilícitos. Ambos supuestos son falsos y hacen un flaco favor al mantenerlos vivos porque nos llevaría a una igualación no solo de resultados sino también de méritos. Este planteamiento olvida (o le cuesta creer) que mucha gente cuando tiene mucho reparte considerablemente y que aunque no sean los más visibles en los medios, es natural dar.

Pero los del otro lado también tienen sus sesgos. Ven a los filántropos como seres de luz estilo Ghandi y olvidan que la filantropía a veces otorga beneficios, desde los fiscales hasta los sociales del marketing. Al revés que la genuina, que es silenciosa y sin apellidos, ésta tiene nombre. Sobre ella recae siempre cierta sospecha y se diferencia claramente de la donación anónima, que subiría en ese caso al escalón 1. Se ve muy sospechosa cuando la filantropía va paralela al fotoreportaje en revistas del «corazón».

Si la filantropía esconde necesidad de reconocimiento, intercambio de favores y prebendas o beneficios de otra índole, no activa el cerebro ni la biología en los términos citados arriba. Sería un comercio, probablemente justo, necesario, loable y no rechazable, pero no compasión cerebral.

La ayuda contagiosa (3) es aquella que surge porque los demás lo hacen. Se ejerce porque la ejerce el vecino y nos sumamos a la causa. No importa el detonante, todos despertamos a veces porque otro nos despierta, pero es un buen momento para sentirla… en vez de copiarla. Si paso a sentirla me doy cuenta cuán genuina se siente, cuán bien nos hace a todos (también a ti) y subes al (1). Si la copio a modo oveja y rebaño, sirve a otros pero poco a ti. A nivel social sin embargo es bienvenida: que vengan mascarillas ahora, más allá de porqué y dónde. Tiempo habrá de análisis y reflexiones.

La ayuda controladora (4) es aquella que te compra a través de la ayuda. El otro necesita de ti para sus fines y te «da», «da» y «da» aparentemente… mientras te ata, te ata y te ata. Crea una relación desigual donde uno da y el otro recibe, y de este modo nace en ti la emoción social de la culpa: «qué bueno es, cuanto da», «qué generoso, mira lo que me ha dado». No es una ayuda genuina, de hecho a veces es perversa. El ayudador siempre está por encima: no te deja que le devuelvas la deuda, y te da doble. Ahora ya te tiene en su red y solo espera que le des toda tu atención, energía y alabanzas. Muchas relaciones personales y laborales se basan en la ayuda controladora. Cuando te das cuenta te tienen en sus redes. Como te hizo un gran favor que no puedes devolver, tienes que aguantar ahora sus desvaríos y manipulaciones. Está muy lejos de la genuina… pero no todo el mundo lo ve. Hasta que no la sufres no la ves. Si no la ves lee libros sobre la mafia y te darás cuenta como funciona.

La ayuda mártir (5) nace opuesta a la anterior. Te sientes menos, así que alargas la sesión con el paciente, el cliente y el alumno. Le das mucho más de lo que merece y creas deuda. El otro te valora por fin y te llenas con un gramito de autoestima. El mártir mendiga, sin darse cuenta, subir a través de otros lo que solo consigo mismo puede cultivar. A veces se vuelve yonki de una ayuda partiendo de un interior que se siente mal. Curiosamente es el centro de algún modelo religioso: ayude a los demás pero usted parta por favor de sentirse mal. Ni que decir tiene que bloquea el acceso al bienestar auténtico.

La ayuda vanidosa (6) necesita mostrarse ante los demás cuán bueno es uno. Es la versión negativa citada de la filantropía sospechosa, pero a nivel de familia, barrio y amigos. Si nace de un sentimiento genuino se empaña por obcecarse en meter el «Yo miradme» en la ecuación. Olvida que lo heroico no es la persona sino el acto. Es inteligente que no te conmueva lo más mínimo.

La clasificación no es exhaustiva sino genérica y pretende simplemente dar luz sobre el proceso general de «ayudar».

Muy probablemente todos hemos practicado y recibido estos tipos de ayudas, de la 1 a la 6, en algún momento de nuestras vidas y sería bueno aspirar siempre a la genuina.

¿Cómo se hace eso?

Muy sencillo. La bondad comienza en uno mismo. El entrenamiento consiste por tanto, en ser capaz de recuperar ese amor propio (que no es voluntad ni autoestima), que nace de la propia noción de ser y el valor inherente de toda vida.

Cuando cultivamos bondad en uno mismo, nuestro modo de ejercer ayuda se va depurando paso a paso hacia la genuina. Damos porque hay que dar, aprendemos también a recibir, disfrutamos del proceso y nos centramos en el acto, no en nuestro Yo. No sólo eso, ni el mártir ni el vanidoso nos atrapan, lo que nos ahorra disgustos, rupturas y dependencias. Si lo contagioso nos despierta aprovechamos para crecer en vez de repetir. Si lo filántropo aparece lo recibimos pero estamos atentos al comercio y demanda que nos puede exigir.

La bondad o compasión no es una debilidad sino una fuerza. No es algo que los «machotes» no puedan ejercer sino que más les valdría soltar tanta tensión y certeza.

Tampoco es la puerta al engaño, porque uno no riega cien veces (como el mártir) en tierras sin semilla. Hay tanto que ayudar y recibir que la reciprocidad es la medida de toda relación.

Tampoco es perder lo que tienes material, porque la más genuina suele ser con palabras, sonrisas, caricias, miradas y tiempos 100% para ese que lo necesita.

Y aunque está en nosotros, a veces se olvida, a veces se confunde y a veces se contamina, es entrenable.

De hecho para quien no lo sepa, los estados cerebrales que se generan al practicar, activar y elicitar sensaciones de compasión son, científicamente, los más poderosos para la felicidad genuina.

Aquí lo sabemos y por eso es parte integral de nuestras formaciones.

Que puedas ayudar y ser ayudado, amigo Sapiens.

Deja tu comentario