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Excalibur y qué solos se quedan los muertos

¿Recuerdas estos versos del colegio?

 

«…y unos sollozando,
otros en silencio,
de la triste alcoba
todos se salieron».

 

«…De la casa en hombros
lleváronla al templo,…»

«Dios mío que solos se quedan los muertos».

Estos versos de Bécquer hoy son imposibles. Ya somos muchos los que con el virus global hemos perdido a un familiar o a un amigo estos días.

Quizá es el momento de aterrizar a una realidad que pocas veces hablamos: el duelo y la despedida en una sociedad que a veces favorece en exceso valores de «juventud y belleza» como medida de todas las cosas.

El caso es que te puede haber ocurrido ya, que nadie salió de la triste alcoba, ni nadie ha podido, no ya coger en hombros, sino enterrar, acompañar y despedirse.

Profundicemos un poquito más en ello.

Este sentimiento de duelo lo encontramos en elefantes que acarician con su trompa al difunto y puede que con el paso de los años muy probablemente se pueda demostrar en otros animales.

Donde hay duelo es porque hubo lazos, unión y afecto, es evidente.

Donde no se respeta o entiende, es evidente que no se tiene esa mínima compasión humana que más allá de quien sea el otro, entiende que toda persona merece morir con dignidad y en compañía.

El cerebro es hipersocial así que no nos debe extrañar lo duro que resulta perder a alguien y lo importante que es honrar el último suspiro. Históricamente lo vemos: cuando por accidentes, raptos, pérdidas, guerras o dictaduras los seres humanos no han podido despedirse su dolor nunca se cierra.

Hay quienes tienen diferentes perspectivas sobre este fenómeno, pero bastaría que conocieran esta hipersocialidad cerebral para caer a una compasión mamífera que nos muestra quienes somos. La compasión no es una técnica new age, sino una clave de quienes somos.

La situación de estas semanas nos invita, y lo sugiero, echar una mirada a la muerte. Siempre lo hago en las formaciones y cursos desde hace 20 años, insistiendo en el presente, en no dar nada por hecho y en que cada noche te hayas despedido para siempre de todos y del mundo. Pero no con palabras y promesas… sino con ejercicios y acciones concretas. Sé muy bien que así se vive despierto y sabiamente simple.

La incertidumbre que acecha ahora nos aconseja una visión que valore el verdadero sentido e importancia de la vida.

Están bien los memes…, de hecho el humor permite relativizar, soltar stress y tomar distancia, pero también se trata por fin, de profundizar .

Hoy quiero compartirte esta «foto» que es una de las señales de identidad en el laboratorio donde investigo. Estos Homo de Atapuerca (hace 400.000 años) lanzan Excalibur en la conocida Sima de los Huesos. Excalibur es una piedra bifaz encontrada en lo que podría ser un ritual, y que presumiblemente se lanzó para que los fallecidos en la sima se llevaran la bifaz y así poder cortar la piel de los animales en su metafórico viaje tras la vida. Excalibur (así la llamaron) sugiere un sentido de ajuar funerario, es decir que ya hace mucho, muchos antes que aparecieran las primeras civilizaciones y religiones, los primeros humanos tuvieron conciencia de la muerte.

Arte, lenguaje, muerte… fueron formando la mente humana.

Ni que decir tiene, que murieron acompañados y conocieron sus tumbas.

Por eso hoy quisiera:

– Que podamos siempre despedirnos del otro y tener un entierro digno.

– Que puedas hoy resolver lo pendiente, como si no hubiera un mañana.

– Que te sirva como guía para descartar lo superfluo y quedarte con lo vital.

– Que puedas desarrollar sin límite tu cerebro social, ese que nos hace humanos (e inteligentes).

VIRUS a toro pasado, la zorra y las uvas

A toro pasado los expertos nacen como las setas de otoño. Antes del evento no tanto ¿verdad?

Me gusta casi más la fábula de Esopo, «Las uvas y la zorra». Cuando ésta intenta alcanzar las uvas y no lo consigue dice que no estaban maduras.

Los expertos aparecieron también con la victoria de Trump. El día después los mismos analistas que habían fallado estrepitosamente se atrevían a explicar los porqués… que no supieron predecir. Curioso…

Sucede en las crónicas del deporte. Narran la derrota del favorito ¡en términos que descartan la propia sorpresa!

Los hay quienes lo llevan al amor: «lo que podría haber sido aquel día, si en aquel momento, si…».

Con el virus sucede algo parecido. A la mayoría nos sale una vena de analista contrafactual y al parecer, me cuentan, en los medios y redes surge todo tipo de certezas de lo que se debería haber hecho y cómo haber evitado algo así. Es normal, pero pocos lo dijeron antes.

Las uvas y la zorra, a toro pasado…

Hoy quiero hablar de ese fenómeno, el pensamiento contrafactual que se traduce por un ¿y si? en referencia a otro curso de acción: «si se hubiera hecho X y no Y, habría sucedido algo diferente».

En estos días nos sucede y no es para menos. Activamos ese modo de pensamiento. Como la realidad es dura, poco agradable, nos gustaría retroceder al pasado y haber tomado otro curso de acción.

En principio esto no es malo, nos puede servir para en las ocasiones debidas y en su justa medida, generar culpa y arrepentimiento, ambas emociones sociales útiles.

Pero a veces el pensamiento contrafactual nos habla más de nuestras miserias que de nuestras luces y sobre todo nos daña… y bastante tenemos ya.

Un ejemplo. Tengo un conocido que cuando conseguí un cuarto Dan en artes marciales internas me dijo: «yo hacía Karate de pequeño hasta cinturón naranja. Si hubiera seguido ahora sería tercer o cuarto Dan». Yo también, si hubiera crecido hasta los 2.05 jugaría en la NBA.  En los Celtics concretamente :).

Es el pensamiento contrafactual ilusorio.

A veces nos aparece en modo gruñón. Insisto: esto no es inteligente por lógico que sea, acabarás quemado.

A veces nos surge desde el puro miedo. Si hubiera hecho esto, no estaría aquí muerto de angustia.

Lo contrafactual aparece sobre todo contra el otro. Es tan duro que es lógico proyectar de forma simple en un único culpable.

Recuerda: la peste negra y los judíos.
Recuerda también que la causa era más compleja: una bacteria que venía en barcos desde Asia. Y no olvides que ninguna de las soluciones que se hubieran tomado tenía que ver con ellos sino con la higiene.

Una buena solución a lo contrafactual, para que no nos haga tanto daño, es hablar en primera persona del plural.

Quizá sea más responsable decir:

– ¿Porqué nos ha ocurrido todo esto?
– ¿Qué sociedad estamos construyendo?
– ¿Qué valores son importantes?
– ¿Qué es un sistema sanitario?
– ¿Qué papel debe jugar la ciencia respecto a la salud?
– ¿Qué nivel tenemos como ciudadanos para seguir o saltarnos normas?
– ¿Qué nivel tienen los dirigentes de todos los colores de Europa (UK, Francia, Italia, España) que no han conseguido parar esto?
– ¿O está más allá de ellos e incluso de los expertos?
– ¿Qué tiene que ver la biodiversidad en todo esto?
– ¿Cómo podría evitarse algo así de nuevo?
– ¿Cómo podría yo poner un granito de arena para este nuevo mundo dentro de unos meses?

Te confieso que no aspiro a tener respuestas pronto…

La segunda estrategia que animo a seguir para no quemarnos en el ¿Y si? es que la realidad manda.

Spinoza la seguía: el actualismo, es decir, lo que ocurre, es lo que Es y no pudo ser de otro modo, de hecho está ocurriendo ahora. Y los que hemos dedicado gran parte de nuestra existencia a la introspección, amamos este presente, porque sabemos que es la oportunidad para la acción.

Así que hay algo muy claro, esto está sucediendo, es real, vamos a hacerlo lo mejor posible.

Nosotros, nosotros y nosotros: Homo Sapiens Sapiens.

Animo y paz-ciencia para tod@s.

PD: por cierto Spinoza era hijo de judíos sefardíes que habían huido de país en país. El mismo abandonó toda creencia hasta alcanzar la independencia intelectual, esa que nos permite avanzar hacia la felicidad y sabiduría.

Gallardía, épica y honor contra el VIRUS

Me hace gracia el vocabulario que usamos cuando nos enfrentamos a diversos problemas.

Aparecen las palabras: venceremos, conquista, victoria, guerra,  gallardía contra el «virus», enemigo «microscópico», resistencia, batalla, «virus chino»…

Parece por este lenguaje que fuera necesario un orgullo especial, un sentimiento peculiar de pertenencia, una osadía nada habitual para solucionar el problema.

Ya se hablaba así cuando la peste bubónica asoló Europa.
– Se acusó a gatos negros y judíos de ello.
– Se animaba al pueblo ¡a vencer al enemigo!
– Se acusaba al que la contraía de no ser buen creyente y haber sucumbido a la tentación del demonio.
– Se incitaba a rezar más alto, más fuerte y más claro.

Normal, era lo que se sabía hacer.

Pero al final la solución fue menos bélica. Bastaba, en contra de la opinión generalizada, aumentar la higiene, la distancia social con los contagiados o el poder enterrar a los muertos y quemar azufre en las casas o limpiar con vinagre.

Como ves, medidas muy tranquilitas, sencillas, poco épicas la verdad. Daba igual que estuvieras orgulloso o no de quemar azufre, la cuestión es que lo quemaras :).

El lenguaje y las palabras en el cerebro tienen muchas peculiaridades. De hecho nuestra voz interior, esa que no para de decirte cosas (muchas no elegidas por si no te habías dado cuenta) y  técnicamente llamada el bucle fonológico activa áreas y redes precisas según su uso.

Hay lenguajes y lenguajes… unos transforman el cerebro y otros lo queman, lo inundan de cortisol y entorpecen nuestras funciones mentales. Además el lenguaje no vence al enemigo, la inteligencia probablemente.

No es cierto que cambiando el lenguaje cambie nuestra realidad (cero evidencia científica de ello), hace falta mucho más jejeje, pero sin duda nos influye.

Por eso hoy me propongo hablar de dos lenguajes que aparecen estos días. Elige después tú el más apropiado para tu confinamiento.

Empezamos por preguntarnos porqué tendemos a usar lenguajes bélicos y qué se desprende de ello.

Recordemos que ha habido una reducción drástica de la violencia en los seres humanos hasta niveles históricos ridículos (pero aún mejorables claro) en los últimos 200 años.

El mundo ha avanzando muchísimo (lo siento por estos pesimistas agoreros que nunca ven nada bueno en el humano). Me evito inundar de datos para no extenderme.

La violencia ha sido tan ubicua, tan descarnada, tan brutal, que nos encantan aún las historias de Homero, las gestas bíblicas, el cine negro, las películas de terror, acción y superhéroes, el western y los videojuegos de Call of Duty o Tekken :).

Es como si el cerebro a pesar de que la sociedad ya no sonríe a los duelos de honor (como los que más de un vicepresidente americano participó) ni a la quema pública de brujas, ni a la caza indiscriminada de animales (hay tristes excepciones), ni a la esclavitud y el maltrato, ni a poner bustos en las plazas de la ciudad a militares que vencieron a enemigos, nos siguen gustando escenas imaginadas, leídas o en películas donde hay cierta tensión, violencia, guerra y épica.

Aunque para algunos les parezca un suavizado social excesivo el no poder ejercer el poder de aquella manera, el movimiento es imparable y no es debido a un político especial, de un lado u otro, sino a un humanismo y progreso que decidió apostar por la razón y los derechos hace un par de siglos (léase Stuart Mill, Jefferson, Locke, Kant y otros).

Pero ¿tiene sentido este lenguaje bélico tan reactivo ahora?

Ya expliqué hace unos días que ni los virus (ni los anticuerpos) entienden de países. Se sobreentiende (espero) que tus heces y esputos no son italianas germanas o españolas, sino heces al fin y al cabo.

El caso es que al virus no hay que «vencerle y exterminarle», sino dejarle entrar en nosotros los sanos, pero mucho más despacio de lo habitual, para que así podamos atender con mayor calidad a los que no están tan sanos.

De este modo además protegemos a los que ajenos al virus sufrirán esta semana un infarto, un ictus, un accidente o una apendicitis y necesitarán una UCI.

Esta visión bélica tan curiosa olvida a veces que vivimos en simbiosis.

De hecho un exceso de belicismo contras las bacterias (mal uso de antibióticos) está creando las superbacterias multiresistentes (un serio problema en ciernes).

Recordemos que en tus intestinos hay ahora mismo del orden de billones de bacterias en una proporción 10 a 1 respecto de tus células.

Como dice Sarkis K. Mazmanian, del Instituto de Tecnología de California: «Nuestro narcisismo nos ha impedido avanzar; hemos tendido a pensar que disponíamos de todas las  funciones necesarias para nuestra salud en nosotros».

Por raro que te parezca dependes de esos 3.3 millones de genes bacterianos (tú tienes 22.000) para sobrevivir.

Los necesitas para sintetizar vitaminas o metabolizar glucosa y no podemos matarlos sino vivir en armonía y equilibrio.

Vamos sabiendo que numerosas enfermedades y desequilibrios parten de una desarmonía entre estos hospedadores y huéspedes.

Por eso muchos alzan la voz serena y saben que no hace falta un lenguaje bélico para lograr lo que teníamos: cierta estabilidad y armonía.

– Hay que aplanar la curva señores, no cortarla de cuajo con una katana.

– No hay virus chinos, hay microorganismos que necesitan biodiversidad (¿te suena cambio climático?).

– No hay batallas épicas con orgullos de dominación, sino tiempo que ganar para una inmunidad de grupo y un sistema sanitario que no colapse.

– Hay que quedarse en casa, pero no solo por los de tu barrio, tu ciudad o tu país sino por toda la humanidad. ¿O el virus entiende de fronteras?

– Hay que recuperar la economía pronto, pero no solo la tuya, también la china, la americana, la de todos. ¿O nos basta con la de nuestro barrio?

En definitiva que aunque a todos nos sale ese lenguaje bélico de película de cierto exgobernador de California, es maravilloso darse cuenta que:

– Esto no va de belicismo sino de ciencia e inteligencia.

– No hay nada independiente… sino que todo es interdependiente (¡siempre lo fue!).

– La armonía permite la vida, atentar contra ella, incluso biológicamente no consigue mucho a largo plazo.

– Atento al agente (virus), pero no olvides el terreno (biodiversidad). Recuerda que Pasteur en su lecho de muerte dijo exactamente eso: «Bernard tenía razón, el terreno lo es todo».

Abonemos pues el cerebro de palabras habitadas como:

armonía,
paciencia,
biodiversidad,
cooperación,
compasión con el otro,
paz-ciencia,
humanidad compartida y
esperanza.

Estas, te aseguro, no generan cortisol.