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Ciencia de la felicidad y bienestar

La bondad es una fuerza… pero la rechazas

La bondad es una fuerza pero quizá nos suena a nueva era y super flower power. Normal… Pero resulta que los flower power hacen imaginación cuántica, no bondad.

Parece que nos gustaría llorar de vez en cuando por frustración, tensión o impotencia, pero lo intentamos y no sale. Suele ocurrir.

Ya no compartimos emociones ni desgracias ni desesperaciones:  nos lo comemos sol@s. Quizá porque tememos dar lástima, vernos débiles o peor aún, creer que nadie podría ayudarnos, solo uno mismo, aunque luego no sepamos ayudarnos. Y el círculo continúa girando. ¿Samsara?

Si vemos bondad nos asustamos o nos parece light y ridículo. Creemos que el bondadoso va a ser saqueado y le van a robar. O le llamamos comunitario e iluso :).

Nos gustaría escribir una nota de agradecimiento sincero a aquellos que nos demuestran cada día afecto, a aquellos que siempre están ahí cuando se les pide algo, pero aparece un freno. Nos daría vergüenza sentirnos sinceros, abiertos o sencillos. Queda en la imaginación y no actuamos.

Estaría bien cerrar cada día dando gracias por tanto, pero eso sería actuar de apostólico romano o alternativo hortera y no nos lo permitimos. Es mejor creer las noticias de tu color y un mundo de buenos (los tuyos) y malos (los otros).

Competimos quizá demasiado y creemos que el que da no recibe, y por eso ya solo damos si recibimos y lo llamamos inteligencia en vez de escasez. No vemos que el que da selecciona y dirige, porque conoce al otro más allá de lo que espera.

Tememos que satisfacer las necesidades de algunos pocos, quiten a los nuestros de lo que tienen, porque todo son para uno juegos de suma cero. Qué pobreza madre mía y no lo vemos.

Los diferentes son sencillamente presuntos culpables. Si ponen el metro en nuestro flamante barrio seguro que se llena de yonkis y maleantes, maleantes a los que todavía no hemos tenido el placer o desgracia de conocer…, pero sí de juzgar. Si uno triunfa en nuestro humilde barrio seguro que fue por ser ladrón, nunca por mérito. Si uno asciende le limitamos. Nos encantaría felicitar al que se lo merece… pero no sale y se mira a otro lado. Si uno enferma creemos que es porque no fue positivo, que no bondadoso. Vemos codicia y manipulación allá donde miramos quizá porqué se basa en nuestros sesgos o en tanta pasión por telediarios sesgados. O bien sentimos enormes peligros futuros en algunos que pueden llegar y ni siquiera son personas, sino encarnaciones del mal puro, o sea, estereotipos.

Queremos querer pero parece que ya se ha olvidado. Los amigos se disipan y no les tocamos. Los que nos tocan con su autenticidad no queremos que nos enternezcan no sea que se vuelvan íntimos y nosotros a estas alturas no estamos para aventuras. Querer a estas edades se vuelve peligroso.

Confundimos bondad con romanticismo de Netflix, y así no lo vemos. Creemos que es perder el trasero por el otro, y no captamos que es saber cuidarse primero a uno mismo, en vez de machacarse, insultarse, hacerse daño o tomar las peores decisiones sobre nosotros. En la línea romanticona algunos 
lo confunden con dádiva, que suele estar bien visto. Quizá no necesites cobrar porque tengas otro sueldo… Sin embargo si cobraras serías igual de bondadoso. No va por ahí porque no es ayuda desinteresada ni dar por dar. De hecho empieza en uno mismo. Tampoco es igualación, porque no somos iguales, faltaría más. Es un estado de conciencia y está más allá de dar-recibir. Pero sí está en dar-se y en dar-ser porque solo se vive una vez y además se vive ahora.

De modo que de cápsula en cápsula aislada, la vida se va encogiendo y tornando difícil. La verdad que muy difícil. Esta y no la otra es la verdadera vejez.
Nos sentamos a meditar y no sentimos mucho jeje, o no sabemos enfocar la mente, o simplemente ser y estar. Pasan las 8 semanas mágicas y el Mindful state no cala como nos gustaría pero no nos importa porque al fin y al cabo hemos añadido una chapita en la solapa como las que aún necesitan lucir algunas profesiones. Al guru la verdad tampoco le importa que no llegues al centro verdadero: se trata de calmar el yo, no de sabiduría real.

​​Así que incluso «meditando» no sabemos encender por ti mismo eso que se nos da de niños. No solo eso, seguimos pensando que es ridículo, o que otros no lo tienen, o que son débiles si desarrollan esa capacidad. O peor aún creemos que eso del presente es simplemente una elección en vez de una práctica fina con miles de curvas. O no sé, igual hasta creemos que son 8 semanas y ya. No sería raro, lo hemos visto en alguna charla que confirmó nuestros sesgos.

A veces hasta triunfamos, por astucia, inteligencia, voluntad, suerte o incluso amiguismo oye. Pero si no somos queridos, si no tocamos vidas y si no sabemos ponernos en la piel y zapatos del otro nada sirve. Eso sería debilidad nos han contado.

Nuestros ídolos no son bondadosos. Critican e insultan, interrumpen y gritan, y además profesan «zascas», extraño artilugio para los que mediocres. Son pobres de espíritu pero son a ellos a los que dedicamos atención y amigo a lo que uno atiende es de lo que el cerebro se llena. Nuestra insensibilidad bañada en conocimiento es tal que no nos damos cuenta de que seguir ahí, atendiendo lo mediocre, atrofia neuronas. Poco importa decimos, la vida es… ¿otra cosa?

Las buenas personas deberían pagar menos a Hacienda, pero esto no lo vemos. Creemos que el mundo está muy mal, cada vez peor, pero el que está peor es aquel que es incapaz de ver y recabar todo lo que el mundo avanza… sobre todo en una bondad que cada vez lucha más por no excluir ni diferenciar.

Y así de cierre en cierre, de insensibilidad en insensibilidad, se van creando corazas. Que el corazón no cante por favor, eso está prohibido. Si canta que sea rosa pinkie cósmico, playback o DJ, para que se vea ridículo y desenraizado.

Da igual que venga de la prestigiosa Stanford que nos queda muy lejos o muy técnica y a nosotros nos gusta Jar-bar.

Da igual que venga de los sabios budistas, que si llevan túnica y se rapan, esos no saben vivir.

Da igual que leamos que el cerebro se construye y madura desde la bondad.

Da igual si nos dicen que hay formas de entrenarlo. Creemos que basta con saberlo, o acaso con negarlo.

Si lo anterior de alguna manera te refleja, ya creaste la red de la coraza: ésta piensa por ti.

Entonces la felicidad sigue siendo un asunto individual con tiempo y dinero con los tuyos en un futuro mágico. O momentitos puntuales en donde por lo que sea, las circunstancias encajan y hay placer sensorial. Sí, sí, esos minutitos mágicos de x, y, z que suceden en la siesta del sábado o la precomida del domingo.

​​De lapso en lapso futuro se va saltando porque tú ya sabes lo que es. No hay nada que aprender de las investigaciones modernas, de las líneas que se abren, de los ejercicios que se crean, de las posibilidades de modelar la mente humana que antes no estaban disponibles. 

Pero un día, tarde o temprano, se despierta. Nadie escapa a su memoria y a lo que cultiva. No solo el cuerpo da señales y avisos, la mente grita pero no lo vemos.

Un día lo pinkie flower se desvanece, porque la vida tiene giros y giros que se resisten a nuestras visualizaciones cósmicas.

Pero también se rompe la coraza… y uno se lamenta no haber tocado, mirado a los ojos, abrazado, dicho y entregado afecto sincero, ayuda genuina y vínculo más allá del círculo familiar genético.

Ese día la tierra no es un asunto hippie ni de ecologistas, la bondad no es un mantra de cuatro budistas ni de neurocientíficos progresistas de Stanford.

Ese día, la bondad es todo aquello que has perdido, bien por duro o bien por bobo.

La bondad es una fuerza y ambos extremos la rechazan. Unos por necios con escudo y otros por etéreos sin raíces.

Que toques muchas vidas, no solo placeres y entretenimientos.

Que nunca te lamentes de no conocer tan grande fuerza.
 

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