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Negociación, personalidad, influencia

Creencias limitantes y cerebro

By 27 diciembre, 2017 No hay comentarios

CREENCIAS LIMITANTES y CEREBRo… ¿son tan importantes nuestras creencias? ¿es esa nuestra IDENTIDAD? 

 Venimos al mundo llenos de programas genéticos que no solo nos predisponen a una altura, peso o color de ojos determinados sino también a temperamentos, inteligencias y habilidades precisas. Lejos de parecernos a la Tábula Rasa de John Locke 1, en la que todo está por escribir y hacer, gran parte de nuestro acervo nos viene dado, asunto que ha irritado durante siglos a todos aquellos que creían y a los pocos que aún creen, que uno puede hacerse así mismo al 100% solo con «esfuerzo». Quizá recordar que en la familia de Bach hubo 77 diferentes músicos nos acerque a la importancia de la genética en nuestra conducta.

Sin embargo, a pesar de los genes y su influencia, venimos vacíos de creencias. Nacemos con facilidad para la música, las matemáticas o incluso la espiritualidad, pero no nacemos devotos del rock para odiar el jazz o de una religión para condenar a otra. Somos educados en un ambiente preciso, con unos padres y contexto histórico, geográfico, ecónomico y social único. Las creencias se conforman sin nuestra participación o decisión, y más bien, como en la marmita de Obelix, nos zambullen en ellas.

El cerebro del niño es fundamentalmente un cerebro mágico que no presenta todavía mucha capacidad de análisis pero sí facilidad para creer. Con tan solo 15 meses de edad el niño ya comienza a reconocer las creencias de otras personas y usa esa información para interpretar como responderán los demás 2. A los 6 años el niño sabe que ni hombres ni renos vuelan y que un señor mayor gordete no cabe por la chimenea ni puede atravesar una puerta que está cerrada. Sin embargo, no le es difícil ensoñar con Papa Noel y otras historias sobrenaturales y participar de una creencia social. Al adulto tampoco le cuesta incorporar  ese mito en el imaginario colectivo y poco le importa si el sentido original del mismo, vinculado a la introspección y mística de un hongo psicoactivo muy utilizado en los bosques de Europa y Siberia durante siglos y que  traía “regalos del cielo”, se transforma en un rito de juguetes infantiles. Es decir, que niños y también adultos, mantienen cierto cerebro mágico, a pesar de las posibles evidencias. Como bien estudiaron los primeros antropólogos como Frazer o Malinowski, magia, religión y ciencia, coexisten en mayor o menor medida en las diferentes culturas y sociedades. Representan la expresión de un cerebro que a medida que va madurando va incorporando diferentes sistemas de percepción, cognición y acción sin negar los anteriores. Este comportamiento es cotidiano: muchas personas son «religiosos» en sus filias políticas o deportivas, «científicos» cuando compran y valoran un coche o un electrodoméstico y «mágicos» cuando porque sí creen que nunca enfermarán de aquella parte del cuerpo que no cuidan. 

Las creencias entran y van formando el cableado del cerebro en edades tempranas con intensidad. Permiten enseñar valores, adoptar una ética y moral, seguir un orden social, tomar acciones, perseguir metas y organizarnos con sentido. Incluso en ocasiones nos ayudan a superar un proceso doloroso, esforzarnos más allá de nuestros límites o incluso remitir espontáneamente una enfermedad por confianza en el médico, medicamento o seres sobrenaturales (solo mientras sean de la propia creencia). Las creencias ajustan los roles del endogrupo, ese al que pertenecemos evolutivamente para sobrevivir. El optimismo, en ocasiones es tan solo una creencia, que nos permite, superar o manejar mejor una cruda realidad. De hecho las respuestas inmunes de células natural killers o linfocitos T ayudadores y de menor cortisol son habituales en estados continuados de optimismo 3 . Cuan fascinante es el efecto placebo y la sugestión en la mente humana.

Sin embargo, el lado oscuro de las creencias es tan amplio como su aspecto positivo. Mediante ellas descartamos a otros, justificamos actos inmorales, nos creemos distintos o más bien mejores y en ocasiones nos volvemos bastante estúpidos y fariseos.

Las creencias se definen como una percepción, emoción o cognición que el cerebro asume, de forma consciente o no como verdad, sin necesidad alguna de comprobación. Deben ser por tanto rápidas, instantáneas y reactivas. Permiten ese funcionamiento cerebral por heurísticos, en el que tomamos atajos basados en experiencias previas personales o de otros, para decidir una acción entre miles. No puede ser de otra manera, dado que no tenemos tiempo para valorar cada paso del camino, cada información que entra… necesitamos estimar. Aquel olor que se parece a una situación en la que sentí miedo, debe ser descartado. Aquellas facciones que se asemejan a una relación fructífera deben ser aceptadas. Aquellos símbolos que recuerdan mi niñez o mis amigos, deben ser incluidos. Todo ello opera, en un umbral poco consciente.

Aunque los heurísticos sean muy útiles para la supervivencia del endogrupo, son bastante inútiles para el bienestar no sólo propio, sino también social. En tanto una creencia se basa en una suposición de partida, la ambivalencia está servida. Con muchísima frecuencia el portador de creencias olvida que ha partido de la meta y de la conclusión: no tiene sentido decir que va a investigar lo que ya ha concluido en su mente. Mediante creencias nacidas en apriorismos confiamos en ese anuncio que promete belleza instantánea, sexo fabuloso, inglés en 3 meses o felicidad para todos los seres que sigan los consejos de cierta autoridad.

Cuando las creencias están establecidas, rara vez se cambian o modifican. Preferimos aislarnos de la información verdadera, sesgar los hechos que no nos convienen, leer aquello que encaja en nuestra idea, compartir solo con los que piensan igual y argumentar desde nuestro exclusivo punto de vista. Las creencias nos pueden volver incapaces para asumir y entender que el otro puede tener y anhelar unos sueños distintos, que no peores. Quizá lo más curioso de ellas es que nos llevan a ver como enemigos a las personas a las que curiosamente nos parecemos mucho. Además nos hacen creer que elegimos libremente, cuando han sido implantadas en el cerebro cuando nuestra capacidad de análisis era bastante deficitaria. El cerebro – mente definitivamente nos engaña.

Las creencias nos llevan a adorar a becerros de oro y fariseos, en forma de futbolistas y otros que aunque defrauden a Hacienda meten bellos goles o a actores y otros que como en el escenario son maestros pueden abusar de mujeres en base a su condición. Por creencias hacemos la vista gorda o más bien, nos cegamos a la realidad. De hecho los estudios confirman que cuando ofrecemos información veraz que contradice una creencia, el creyente, lejos de modificar su funcionamiento, se aferra más a la misma, es decir, que los viejos mecanismos de defensa del maestro vienés Freud siguen vigentes: negación, proyección, disociación, racionalización y desplazamiento. En otras palabras, que puedes perder conocidos o amigos si les muestras una información auténtica. ¿Somos tan torpes? ¿Desatamos nuestras pequeñas guerras por bobadas así?  La realidad es que sí. Al cerebro le cuesta la verdad, porque simplemente exige muchos más recursos. Prefiere creer con su grupo de colegas.

No es extraño por tanto que sobre nosotros mismos las creencias nos manejen, de hecho al compararnos con los demás, solemos juzgarnos como superiores en belleza y atracción 4 , que nos recuerda aquel mito de una ciudad donde todos sus habitantes estaban por encima de la media, algo evidentemente imposible. La rigidez de algunas creencias es incuestionable: los fumadores creen que su riesgo para padecer  de cáncer de pulmón es menor que en otros fumadores 5. Por “razones” parecidas uno cree que su equipo de fútbol es mejor (aunque quede séptimo), su país es ideal porque “por ejemplo tiene muchos bosques” (aunque no haya trabajo), o su filosofía de vida es idónea (aunque se pase el día disperso, enfadado y tenso). No solo nos sobreestimamos y sesgamos, también las creencias pesimistas sobre nosotros mismos tienen su efecto: destrozan la salud 6 . La envidia es otra forma de creencia: me pongo un título mayor, te quito un poco de mérito, me igualo a ti y luego me quejo de que yo también merezco lo tuyo. No hay envidia posible sin caer en la falacia de escasez y en la ceguera de la comparación: puras creencias.

¿Qué hacer por tanto con nuestras creencias? ¿Diferenciar, como nos proponen, las que son limitantes de las que no? En ocasiones puede funcionar pero no suele ser un método muy útil para las creencias nucleares, porque aquello con lo que nos identificamos visceralmente no lo sentimos limitante, sino motivador. Y si tocas el botón te saco a Freud envuelto en desprecio y guantes de boxeo.

Por fortuna, disponemos de cierta plasticidad cerebral y algunos recursos, que mediante un buen análisis, introspección y argumentación pueden ir remodelando nuestro propio cerebro en la dirección de un mundo interno y externo más armónico.

Toca trabajarse… y no es sencillo: lleva tiempo y dedicación entrenar el afecto, el desapego y la sabiduría. Olvida los trucos de fin de semana de motivadores que creen en la tábula rasa: el cerebro no es plastilina y los cambios de flor no son duraderos. Pero merece la pena entrenar para vivir con claridad y no manipulado por uno mismo (y los demás) sin saberlo.

Una posibilidad de transformación es ser conscientes de cuales son nuestros valores y como pueden chocar con nuestras creencias. Si la escucha y el diálogo es un valor para uno mismo, incluso aunque no nos apetezca en determinado momento, podemos usarlo. Si la solidaridad es un valor, incluso cuando mostremos resistencia a cierto grupo, raza, país, profesión, sexo o condición, podemos poner en marcha nuestro compromiso. Si la paz interna es un valor, cuando algo nos saque de quicio, nos podemos recordar que para mostrar nuestro des-acuerdo y argumentos, no es necesario mofarse, insultar u odiar: basta comunicar en paz nuestras razones. Nuestros principios éticos sobre derechos humanos, condiciones laborales, medio ambiente, lucha contra la corrupción y desarrollo sostenible son compartidos por una muy amplia mayoría de la población de este planeta. A pesar de ello, las creencias que separan a las personas nos nos permiten ver más allá. Es difícil mantener valores citados con creencias obsoletas: toca elegir. De no hacerlo los valores son solo ideas… y a la hora de la verdad la inacción viene dirigida por las creencias. El ejemplo del cambio climático es aclarador: no basta con reconocer el problema, hay que actuar de verdad.

Otra alternativa para no limitarse en nuestro sistema de creencias es mejorar nuestra capacidad de empatía y compasión por todos los seres. Al entrenar (no es un saber) en nosotros la capacidad empática 7, las diferencias se revelan poco a poco como diversidad y no como oposición, las contradicciones se sienten como paradojas y lo que nos une se muestra como nuclear. Entendemos por fin que no se trata solo de salvar nuestro pellejo, sino de que todos se salven.

Pero la gran posibilidad es avanzar en el conocimiento de nuestra propia naturaleza y mente, meditación genuina. En tanto, la identidad propia, se coloca erróneamente en las creencias, el bucle samsárico continua. Una creencia es una idea muy emocional vinculada a la memoria. Desde hace 2500 años sabemos que la memoria es inestable y tramposa, las emociones cambiantes y explosivas y las ideas se encuentran en constante flujo. Al avanzar en qué es, cuándo se produce y cómo se vincula una idea nos damos cuenta de que una creencia es solo una creencia pero no es una Verdad. En el momento en que el practicante puede ver su propia corriente de consciencia, reconoce las ideas que surgen pero no las confunde con lo  “objetivo”. Desde ese preciso instante las creencias no generan apego ni rechazo, ni propias ni ajenas. Se ven simplemente como lo que son.

En tanto existe menos apego y rechazo uno podría creer o no en aquello que le hace bien a sí mismo y a los demás, o incluso podría creer en aquello que le divierte y no daña, pero sobre todo, sabe, vive, experimenta, que su identidad no está ahí.

La creencia más profunda que la meditación pone en duda es la estabilidad de un Yo basado en interpretaciones, sesgos, memorias e ideas. La neurociencia lo confirma: es una estructura bastante ilusoria.

Quizá por ahí uno se da cuenta, por fin, de que para existir nunca hizo falta creer.

Lo que es, ES.

 

Referencias

1. Locke, J. An essay concerning human understanding (1690).

2. K. H. Onishi and R. Baillargeon. 2005. Do 15 month old infants understand false beliefs? Personality and social psychology Review 2(2):100-110.

3. M. Heim and R. Schwarz (2000). Spontaneuos remission of cancer: epidemiological and psychosocial aspects. Zeitschrist fur Psycosomatische Medizin 46(1):57-70.

4. T. Gilovich (1991). How we know what isn´t so: the fallibility of human reason in everyday life. New York: free press.

5. N. D. Weinstein, S.E. Marcus and R.P. Moser 82005). Smokers unrealistic optimism about their risk. Tobacco Control 14(1):55-59

6. R. Sapolsky (2004). Why zebras don´t get ulcers. New york: Owl.

7. Seppala, E. M., Hutcherson, C. A., Nguyen, D. T. H., Doty, J. R., & Gross, J. J. (2014). Loving-kindness meditation: A tool to improve healthcare provider compassion, resilience, and patient care. Journal of Compassionate Healthcare. doi:10.1186/s40639-014-0005-9

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