fbpx
Ciencia de la felicidad y bienestar

Gallardía, épica y honor contra el VIRUS

Me hace gracia el vocabulario que usamos cuando nos enfrentamos a diversos problemas.

Aparecen las palabras: venceremos, conquista, victoria, guerra,  gallardía contra el «virus», enemigo «microscópico», resistencia, batalla, «virus chino»…

Parece por este lenguaje que fuera necesario un orgullo especial, un sentimiento peculiar de pertenencia, una osadía nada habitual para solucionar el problema.

Ya se hablaba así cuando la peste bubónica asoló Europa.
– Se acusó a gatos negros y judíos de ello.
– Se animaba al pueblo ¡a vencer al enemigo!
– Se acusaba al que la contraía de no ser buen creyente y haber sucumbido a la tentación del demonio.
– Se incitaba a rezar más alto, más fuerte y más claro.

Normal, era lo que se sabía hacer.

Pero al final la solución fue menos bélica. Bastaba, en contra de la opinión generalizada, aumentar la higiene, la distancia social con los contagiados o el poder enterrar a los muertos y quemar azufre en las casas o limpiar con vinagre.

Como ves, medidas muy tranquilitas, sencillas, poco épicas la verdad. Daba igual que estuvieras orgulloso o no de quemar azufre, la cuestión es que lo quemaras :).

El lenguaje y las palabras en el cerebro tienen muchas peculiaridades. De hecho nuestra voz interior, esa que no para de decirte cosas (muchas no elegidas por si no te habías dado cuenta) y  técnicamente llamada el bucle fonológico activa áreas y redes precisas según su uso.

Hay lenguajes y lenguajes… unos transforman el cerebro y otros lo queman, lo inundan de cortisol y entorpecen nuestras funciones mentales. Además el lenguaje no vence al enemigo, la inteligencia probablemente.

No es cierto que cambiando el lenguaje cambie nuestra realidad (cero evidencia científica de ello), hace falta mucho más jejeje, pero sin duda nos influye.

Por eso hoy me propongo hablar de dos lenguajes que aparecen estos días. Elige después tú el más apropiado para tu confinamiento.

Empezamos por preguntarnos porqué tendemos a usar lenguajes bélicos y qué se desprende de ello.

Recordemos que ha habido una reducción drástica de la violencia en los seres humanos hasta niveles históricos ridículos (pero aún mejorables claro) en los últimos 200 años.

El mundo ha avanzando muchísimo (lo siento por estos pesimistas agoreros que nunca ven nada bueno en el humano). Me evito inundar de datos para no extenderme.

La violencia ha sido tan ubicua, tan descarnada, tan brutal, que nos encantan aún las historias de Homero, las gestas bíblicas, el cine negro, las películas de terror, acción y superhéroes, el western y los videojuegos de Call of Duty o Tekken :).

Es como si el cerebro a pesar de que la sociedad ya no sonríe a los duelos de honor (como los que más de un vicepresidente americano participó) ni a la quema pública de brujas, ni a la caza indiscriminada de animales (hay tristes excepciones), ni a la esclavitud y el maltrato, ni a poner bustos en las plazas de la ciudad a militares que vencieron a enemigos, nos siguen gustando escenas imaginadas, leídas o en películas donde hay cierta tensión, violencia, guerra y épica.

Aunque para algunos les parezca un suavizado social excesivo el no poder ejercer el poder de aquella manera, el movimiento es imparable y no es debido a un político especial, de un lado u otro, sino a un humanismo y progreso que decidió apostar por la razón y los derechos hace un par de siglos (léase Stuart Mill, Jefferson, Locke, Kant y otros).

Pero ¿tiene sentido este lenguaje bélico tan reactivo ahora?

Ya expliqué hace unos días que ni los virus (ni los anticuerpos) entienden de países. Se sobreentiende (espero) que tus heces y esputos no son italianas germanas o españolas, sino heces al fin y al cabo.

El caso es que al virus no hay que «vencerle y exterminarle», sino dejarle entrar en nosotros los sanos, pero mucho más despacio de lo habitual, para que así podamos atender con mayor calidad a los que no están tan sanos.

De este modo además protegemos a los que ajenos al virus sufrirán esta semana un infarto, un ictus, un accidente o una apendicitis y necesitarán una UCI.

Esta visión bélica tan curiosa olvida a veces que vivimos en simbiosis.

De hecho un exceso de belicismo contras las bacterias (mal uso de antibióticos) está creando las superbacterias multiresistentes (un serio problema en ciernes).

Recordemos que en tus intestinos hay ahora mismo del orden de billones de bacterias en una proporción 10 a 1 respecto de tus células.

Como dice Sarkis K. Mazmanian, del Instituto de Tecnología de California: «Nuestro narcisismo nos ha impedido avanzar; hemos tendido a pensar que disponíamos de todas las  funciones necesarias para nuestra salud en nosotros».

Por raro que te parezca dependes de esos 3.3 millones de genes bacterianos (tú tienes 22.000) para sobrevivir.

Los necesitas para sintetizar vitaminas o metabolizar glucosa y no podemos matarlos sino vivir en armonía y equilibrio.

Vamos sabiendo que numerosas enfermedades y desequilibrios parten de una desarmonía entre estos hospedadores y huéspedes.

Por eso muchos alzan la voz serena y saben que no hace falta un lenguaje bélico para lograr lo que teníamos: cierta estabilidad y armonía.

– Hay que aplanar la curva señores, no cortarla de cuajo con una katana.

– No hay virus chinos, hay microorganismos que necesitan biodiversidad (¿te suena cambio climático?).

– No hay batallas épicas con orgullos de dominación, sino tiempo que ganar para una inmunidad de grupo y un sistema sanitario que no colapse.

– Hay que quedarse en casa, pero no solo por los de tu barrio, tu ciudad o tu país sino por toda la humanidad. ¿O el virus entiende de fronteras?

– Hay que recuperar la economía pronto, pero no solo la tuya, también la china, la americana, la de todos. ¿O nos basta con la de nuestro barrio?

En definitiva que aunque a todos nos sale ese lenguaje bélico de película de cierto exgobernador de California, es maravilloso darse cuenta que:

– Esto no va de belicismo sino de ciencia e inteligencia.

– No hay nada independiente… sino que todo es interdependiente (¡siempre lo fue!).

– La armonía permite la vida, atentar contra ella, incluso biológicamente no consigue mucho a largo plazo.

– Atento al agente (virus), pero no olvides el terreno (biodiversidad). Recuerda que Pasteur en su lecho de muerte dijo exactamente eso: «Bernard tenía razón, el terreno lo es todo».

Abonemos pues el cerebro de palabras habitadas como:

armonía,
paciencia,
biodiversidad,
cooperación,
compasión con el otro,
paz-ciencia,
humanidad compartida y
esperanza.

Estas, te aseguro, no generan cortisol.

Deja tu comentario