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Ciencia de la felicidad y bienestar

Los niños son los maestros

Al menos los que veo de 6 a 12 años son claramente los maestros.

Hay una parte fisiológica en ello: su prefrontal, área donde analizamos, elegimos información, tomamos decisiones complejas, evaluamos coste – beneficio no está tan madura como en nosotros.

Otra parte es que ellos desconocen el funcionamiento real de los trabajos, los bancos, las hipotecas, los contratos, los estados y las leyes, de modo que no se pueden preocupar por aquello que no existe aún en sus cerebros.

Pero hay otra parte esencial de la que podemos aprender.

Pueden hacer del presente una aventura. Es tan intenso para ellos la mirada sostenida del padre, el abrazo de la madre, el valor de este instante de juego o de compartir, que no hay lugar para un mañana, pero sobre todo, no hay sensación de ahogo, de confinado, de limitación.

Nos pueden recordar lo que hoy se hace evidente. No era tanto de competir y resaltar, ni mucho menos del «y tú más», sino de valorar lo importante: tiempo consciente, relaciones de calidad, hacer de tres objetos cualesquiera un juego infinito, caricias, cosquillas y besos, dormir como un lirón y estirar el cuerpo con espontaneidad.

Los adultos no somos niños, tenemos miles de responsabilidades pero sí podemos silenciar, conscientemente, nuestro prefrontal.

Para ello no hace falta «meditar» como si fuera la herramienta única o «mágica» que nos «despierta» (lo dice un amante de esta técnica). Es justo al revés, cuando somos maduros, vivimos en la serenidad y cierto estado acaso aparece, no siempre de forma técnica. Por eso estos días no me escucharás decir que aprendas meditación. Soy más de que tires de recursos ya cultivados. Si ya lo hacías, eso sí, ¡aprovecha!

La vida es sabiduría en acción y es seguro que tienes momentos, por desastre que te sientas, que has creado cierta paz y sosiego en tu interior a pesar de las circunstancias.

No hace falta esperar a ser abuelos, para por fin valorar el tiempo (o la atención) que no se tuvo con los hijos, el placer de un paseo, el captar la puesta de sol o el emprender por fin el aprendizaje de un instrumento o la compañía de un libro o el valor de cultivar una amistad.

En medio del stress y la incertidumbre, en medio del dolor por el sufrimiento propio o de otros, es posible y necesario, encender el botón de lo importante.

Quizá no recuerdes donde está,
quizá es un botón muy débil todavía,
quizá vendiste seguridad, stress y economía por sabiduría,
quizá te perdiste momentos inolvidables,
quizá seguiste como oveja las ideas de los tuyos,

pero seguro que tienes capacidad hoy para respirar, agradecer y sonreír a lo bueno que hay en ti y en los demás.

Que no te atrapen los que gritan, los que insultan, los que odian, los que tienen numerosos enemigos, los que crean muros (que luego los virus atraviesan con facilidad), los que se creen autosuficientes, los que solo ven lo negativo.

Abre los ojos, mira a un chiquillo en la terraza y aprende.
Basta con dejarte emocionar por ello y expandir esa sensación.
Un día, te aseguro, no estarás para esa práctica. Hazlo.

No es debilidad, sino fuerza.

La fuerza de ser tan listo como para saber quererse bajo toda circunstancia.

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