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Negociación, personalidad, influenciaNeuroliderazgo

Mentiras baratas, consecuencias caras

En el anterior post me centraba en qué bulo necesitamos creer, a qué no estamos dispuestos.

Es un buen resumen porque si el punto de partida es que mi equipo nunca hace penalty, no hace falta argumentar ni razonar nada. Mejor silencio.

En este veremos porqué y cómo nos posicionamos.

Todo se ve diferente según el lado en el que te coloques. Creerás que NO pero también te sucede a ti.
Pero es que incluso te pasa ¡contigo mismo!

  • ¿No te ocurre que cuando eres peatón miras al coche que se salta el paso de cebra de una manera y cuando eres conductor y lo haces no tiene tanta importancia?
  • En un caso eres un ser despreciable, un peligro público y en el otro simplemente te has saltado conscientemente el paso de cebra y no es para tanto.
  • ¿No te ocurre que como trabajador vives un despido muy diferente a cuando tienes tú que despedir a alguien?
  • ¿Qué decir de cuando te dejan por otr@ y piensas que nadie debe «romper» una alianza, pero a veces tú, en nombre del amor, has hecho lo mismo?
  • ¿No eres como estudiante muy crítico con el docente, el sistema educativo y como docente piensas que los estudiantes tendrían que hincar más los codos y dejarse de historias?
  • ¿No alucinabas de joven cuando los mayores decían que esta juventud tiene la sangre de horchata y ahora los jóvenes te parecen como tal?

Depredador y presa… incluso cuando tú, no ya otros, estás en los dos lados, ¡¡manifiestas conductas y explicaciones opuestas!!

¡Y nos creemos llenos de valores, estables y coherentes!

El Yo, esa estructura que fascina por igual a neurocientíficos meditadores, psicólogos sociales y psiquiatras, tiene este tipo de curvas.

La neurociencia se pregunta una y otra vez por esta disonancia. En el grupo donde investigo es uno de los temas centrales: ¿qué estructuras, redes y formatos atañen al «self»? ¿Cómo funciona? ¿Qué implica? ¿Qué problemas trae?

A pesar de esta enorme incoherencia del YO lo habitual es que las personas «peleemos» de alguna manera por llevar razón (Hablé ya de esto en un programa de radio «El efecto Lucifer»).

El caso es que depredador y presa NO pueden tener razón a la vez.

«¿A quién debemos creer por tanto?»

La respuesta es muy sencilla: ¡a ninguno!

«¿Y si soy yo mismo el disonante?»

La respuesta sigue siendo la misma: no operar siempre desde el Yo partidista, sesgado y dual siempre lleno de tensión.

Profundizamos un poco más. En un curioso estudio un estudiante se ofrece a otro para llevar a cabo un trabajo que luego no cumple y el compañero saca una baja nota. Los participantes tenían que posicionarse en ambos papeles y contar la historia. Cada uno, sistemáticamente omitía y sesgaba datos en direcciones opuestas (1). Este fenómeno se comprueba una y otra vez bajo diferentes prismas y forma parte de un sesgo en beneficio propio (2,3).

Por ello en un juicio por agravios, el demandante insiste en el carácter deliberado del acto, en la indiferencia del agresor y en el enorme sufrimiento y dolor causado. El demandado alegará lo inevitable de esa acción, desvinculándolo de la globalidad de su persona y minimizando incluso el dolor provocado. Lo curioso, insisto, en que cambias tu conducta si estás al otro lado.

En la historia sucede parecido: cada bando establece un relato muy «sui generis».

Se puede leer por ejemplo, según en qué lado se posicione el autor, que la guerra civil americana fue necesaria para abolir la esclavitud y preservar la libertad e igualdad, mientras que el otro lado manifiesta que fue una toma de poder tirana para destruir el estilo de vida del sur del país. Uno puede pensar en la historia de Japón en el siglo XX, con su participación en dos guerras mundiales y sin embargo comprobar cómo en una guía turística de su país se omite este período crucial.

Es decir, que muy probablemente veamos todo tipo de adoctrinamiento educativo y ceguera en el otro y no en nuestra propia historia, personal o colectiva.

Así que al igual que la columna vertebral no evolucionó para ser perfecta (le duele la espalda a medio país), la mente humana no evolucionó de forma idónea. Simplemente se adaptó al ecosistema imperante y en la creación del cerebro social, trajo consigo determinados huecos y debilidades, que nos permiten mantener cegueras con tal de situarnos en nuestro frágil centro.

No estamos por tanto preparados para la verdad, sino para darnos la razón. El autoengaño, el mito del mal puro y los numerosos sesgos forman parte de nuestro funcionamiento por defecto.

No es de extrañar por tanto que tengamos bulos favoritos y que las fake news entren en nuestra cabeza como cuchillo en la mantequilla.

«¿Y qué precio tiene esto?»

Bastante alto. En un mundo donde es casi indistinguible la verdad de la mentira, donde se coloca al mismo nivel al youtuber conspirador que al catedrático, donde el conocimiento comparte corral con la tontuna y los likes valen más que el buen músico, los resultados son catastróficos.

«Pues no lo creo, Jose».

Vale pues molt be, pero por si te sirve te comparto un dato, que no bulo:

Los países con los mayores niveles de capacidad cognitiva son ocho veces más prósperos que los países con los menores niveles de capacidad (4).

Así que sí, la mentira, la tontuna y los bulos salen caros, muy caros, a los ciudadanos.

Referencias
1 Baumeister y Campbell, 1999
2 Von Hipple y Trivers, 2011
3 Kurzban, 2011
4 Jones 2008. IQ and national productivity.

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