Neuroliderazgo

No hay tantas personas maduras… 5 ejemplos que lo demuestran

By 20 octubre, 2018 No hay comentarios

Jung decía que el proceso de individuación, ese camino hacia el despertar profundo, exigía ir cerrando aspectos aún infantiles o adolescentes de nuestra psique y que esto llevaba una vida de trabajo.

Richard Wilheim, el conocido sinólogo comentaba que para estudiar el I-Ching como libro de sabiduría había que tener al menos 40 años porque antes no estariamos maduros.

La neurociencia nos dice que el cerebro, concretamente la corteza prefrontal completa su maduración en torno a los 21 años. Últimamente se postula que incluso puede ser mucho más tarde, los 30 años.

Caminar por la vida sin madurez implica mantenerse con rasgos que evocan más bien a un chiquillo rabioso, un orgulloso adolescente o un joven algo mal criado con reacciones desorbitadas, desadaptadas y poco prosociales. Es posible encontrar en cuerpos de hombres y mujeres «adult@s»  estos esquemas en sus mentes y actitudes. Comparto cinco casos que me resultan curiosos.

El primero podría relacionarse con los nuevos aprendizajes. El otro día en la universidad me sorprendía la facilidad de juicio respecto a las lecciones del catedrático. Unos decían «tienen que ser más cortas o más largas», otros que «son aburridas porque eran incapaces de mantener la atención» (¿sin darse cuenta que reconocían su torpeza?), otros que «por internet no son tan adecuadas y lo prefieren en presencia» (pero no van a clase porque está lejos o cuesta más dinero y tiempo) o que su método de investigación, ¡el que le lleva a ser catedrático! no sirve (y lo decían un par de novatos). 

Y es que nos ofrecen formación y nuevos aprendizajes en el trabajo, incluso gratuita, y ya hemos decidido con dispersión, vaguería y suposiciones cómo debe ser esta formación. Inmadurez.

El segundo sector serían las nuevas tecnologías con las que en su reacción algunas personas muestran en ocasiones la inmadurez de su psique. Algunos arremeten contra los jóvenes por usarlas, con el mismo estilo y formato que hace 20 años nos atacaron por los Tamagochi y los auriculares portátiles, o hace 30 por aquel Walkman que usábamos en el metro y que nos iba a aislar del mundo. 

Me ofrecen una App, un software, un programa y si no funciona, monto un drama emocional conspiranoico por el cual el mundo o los docentes o la empresa de turno viven pensando en cómo bloquearme a mi y solo a mi el video. Si te piden explicaciones montas en cólera, como un@ chiquill@ adolescente, y eres capaz de todo con tal de no reconocer que no tenías enchufado el router, por decirlo suavemente. Crecemos en orgullo cuando curiosamente, queríamos aprender  bienestar o un simple software para tu puesto de trabajo. Como aquel chiste del que se quedó sin gasolina, antes de pedir nada ya he insultado a quien me iba a ayudar. Y todo por no reconocer «el router apagado». Soberbia e incomunicación. De ahí a demonizar las nuevas tecnologías va un paso. Inmadurez.

El tercer bloque  lo veo cada día en tanto se confunde aplicación con facilidad. Quiero algo práctico dicen una y otra vez algunas personas. Pero no dicen eso de verdad sino que suplican que sea fácil, que esté ya hecho o que les funcione sin sudar. Crecepelos, batidos detox, dietas milagro y leyes de la atracción universal positiva les espera. Todo es posible, menos contactar con atención la propia indolencia, la pereza enraizada en los genes y el eterno parloteo mental de «esto me gusta – esto no me gusta», como si uno tuviera que ir por la vida evaluando cada cosa que ve. Hay quienes lo extienden hasta el clima: qué asco de frío en invierno, qué horror de calor en verano, que desapacible el otoño, que alérgica es la primavera. Luego buscan terapias o nuevos credos, lo que haga falta, con tal de evitar «lo difícil». Incluimos en lo fácil que sea barato o gratis, y le pedimos al que ya hace una oferta o esfuerzo un descuento mayor, desvalorizando con nuestra actitud lo que queremos adquirir. O aplicamos ese famoso sesgo donde lo que ganamos nosotros es merecido y lo del otro es jeta. El que algo sea práctico y aplicable no implica siempre que sea fácil, gratuito o con descuento. Tampoco significa que me lo den hecho, que las cosas vayan como yo quiera y el mundo aparte que se apañe. Inmadurez.

El cuarto bloque es la mentira, las fake news, ese horroroso eufemismo de la post verdad. Hay quien miente hasta delante del especialista en detección de mentiras sin vergüenza alguna. Lo conozco bien: el cerebro sabe que la mentira es barata, aparca conflictos, los deja para la reencarnación, y ahorra recursos neuronales. No lo justifico sino que me sirve para no personalizar el hecho: su cerebro no da más. La capacidad de autoengaño consciente es altísima en la inmadurez. El mentiroso se reinventa, pero no para progresar sino para no hacer frente a sus palabras y acciones pasadas dado que estas exigen compromiso, esfuerzo, coherencia y valores en acción. Algún día, como buen corrupto, el sistema le pilla. Inmadurez.

El quinto y último es la anti intelectualidad, el azote de la razón, la ridiculización de lo complejo y la banalización del saber. En cualquier campo ocurre. Por ejemplo en el cerebro hacen más ruidos los expertos en neuroburbujas que el resto y ¡díles algo! Es un movimiento peligroso y muy común: como no propongas soluciones a todas las situaciones de la vida en formato «Madrid-Barsa», los buenos y los malos, mi equipo y el resto enemigos, estás perdido. Te tachan de científico enrevesado o de filósofo como si fuera eso un insulto. Hay quien mira como un misionero al que es curioso: «fíjate, tan mayor y aún lee libros en vez de tomar cañas». Pueden ser tus propios amigos quienes están dispuestos a morir por filias y fobias, pertenencias y tribalismos varios pero no por el que sufre a la vuelta de la esquina. Muchos van más allá y nos venden ahora que las emociones son todo e incluso si piensas con escepticismo o sentido crítico, te consideran perdido… como si la vida fuera creer en cuentos de hadas en vez de atender aquí y ahora en cada instante a esto que está sucediendo. El caso es no pensar, no razonar y así recuperar lo impulsivo, lo mágico y lo banal a toda costa. Pobre cerebro, se quedó en los 7 años de edad, justo cuando el niño pregunta sobre la enfermedad, la muerte y el sentido de todo esto. Inmadurez.

Anti intelectualidad, mentira sostenida, búsqueda de facilidad, crítica al progreso y soberbia con los aprendizajes son posturas a evitar en un auténtico líder maduro, ese que está para dar servicio y eficacia a sí mismo y los demás.

Si topas con cerebros inmaduros no te afanes, solo el tiempo tiene la capacidad de transformar ciertas neuronas… o atrofiarlas para siempre.

Rodéate profesional y personalmente por tanto de personas maduras, ¡no hay tantas!, capaces de abrirse a la incertidumbre, abrazar la dificultad, mostrarse humildes, resistir con valores, cooperar juntos transversalmente y adaptarse a los nuevos tiempos que ya están aquí. 

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