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Ciencia de la felicidad y bienestar

Dime tu orgullo y te diré quien eres

Siempre ha tenido mala prensa. En muchas religiones y sabidurías como el budismo o el  cristianismo se trata de evitar a toda costa: el orgullo se relaciona con la vanidad. No hay nada que extraer de ahí.

Sin embargo en la cultura del Yo se fomenta, pero en muchas ocasiones desde unos lugares que tienen poco que ver con la emoción social que es. No es extraño, dado que en el mundo emocional, la insistencia es en alegría, tristeza, miedo y cólera, las llamadas emociones básicas. Toca ir más allá…

¿Quién tiene razón? ¿Orgullo sí, orgullo no? ¿Porqué la evolución humana fue creando determinadas emociones sociales, entre ellas el orgullo? ¿Qué utilidad o peligros ofrece?

Descubriremos las respuestas al analizar los diferentes tipos de orgullo y para ello basta mirar qué nos enorgullece y así sabremos quienes somos.

1. Orgullo por ser.

Es muy habitual, quizá porque no requiere esfuerzo. Uno nace italiano, francés o español y se siente orgulloso de ser italiano, francés o español. Sabemos que las personas no eligen a sus papás ni tampoco su lugar de nacimiento o nacionalidad sino que más bien nos encontramos naciendo en Pekín, en Fairbanks, en Alejandría o en Tomelloso. Nuestro lugar de nacimiento, y por extensión nuestro pueblo, provincia o incluso país, forma parte de nuestra temprana infancia y con cariño y afecto solemos recordar nuestro origen.

Socialmente este orgullo es útil: ¡¡qué bella es la ciudad, provincia, nación, familia o género de cada ser humano!! ¡Qué decir!

Pero por lógico que sea, no implica ningún esfuerzo o mérito o elección libre, el ser italiano, francés o español. El concepto orgullo surge aquí con la identificación. Es útil darse cuenta que con el mismo fervor que uno defiende un orgullo vinculado a un territorio, defendería el contrario o incluso el odiado si hubiera nacido en Trento en vez de en Lyon, o en Munich en vez de en Tordesillas.

Este tipo de orgullo se vincula también con géneros, apellidos, familias, etnias o incluso edades. Uno puede estar muy orgulloso de ser hombre, pero lo cierto es que ha hecho poco para ello conscientemente: nació así y fue culpa de un cromosoma. Conviene resaltar que cuando en ocasiones se «grita» demasiado sobre este orgullo se consigue el efecto contrario: el otro también lo está  de su otro pueblo, provincia, género, familia o apellido.

Aunque sea habitual este sentimiento, no siempre es el más adecuado si se muestra «en oposición a» en vez de «en colaboración con». No se trata de anular nuestra identidad de origen, ni el sentimiento y cariño hacia lo nuestro, sino de ver si esa emoción, cuando surge, contiene la superioridad moral hacia el contrario, o incluso el desdén y rechazo al diferente.

Un segundo peligro acecha porque si alguien quiere manipular a otros nada mejor que favorecer la identificación con algo y a la vez la oposición a lo contrario. De este modo se consiguen individuos con pensamientos uniformes, reactivos y predecibles, algo que resulta muy barato para el funcionamiento cerebral. Los políticos lo saben… o los que asesoran a los políticos al menos. Va a ser que el brainwashing y el adoctrinamiento es ubicuo.

Si eso ocurre, estaremos muy orgullosos pero somos muy poco inteligentes. Cada vez que te sientes italiano despreciando al francés, y te «calientas» con ello, cada vez que por ser Martínez miras con ridículo a los García, llenas tu preciado cerebro de stresores y agentes bioquímicos que desde tu propia fábrica interna van minando poco a poco tus capacidades de gozo, calma, sabiduría y también salud.

Una paradoja del ridículo del orgullo al endogrupo y odio al exogrupo se ve fácilmente en el deporte: el antes odiado es amado cuando se integra en un grupo mayor. Ejemplo: los tiffosi de la Juventus odian al Milán, pero se aman cuando juegan todos con Italia. ¿Cómo se puede amar a quien odiabas ayer y volverle a odiar el año que viene?

Curiosidad. Este orgullo es toda una intriga porque los humanos lo extienden incluso a sus mascotas, coches, ropa, abalorios y demás enseres.

 

2. Orgullo vicario

Sucede por aprovechamiento de una situación social. Es la situación contraria al «mal de muchos, consuelo de tontos».Mi compañero obtiene un premio y yo me siento orgulloso de ser científico. Si un individuo de mi grupo obtiene éxito, yo me siento orgulloso.  Lo normal sería acaso sentirse alegre pero no orgulloso, dado que el mérito le corresponde al otro.  Pero tiene un sentido evolutivo claro: me impulsa a seguir en la misma dirección para alcanzar una meta similar.

La clave en el orgullo vicario por tanto recae en el cómo más que en el qué y en si la afinidad es real o abstracta.

Si no juego al tenis pero me alegra la victoria de uno de los «míos» no moviliza igual mi conducta que si soy tenista. Si siento orgullo porque mi primo tiene un precioso deportivo conseguido a través de la venta de droga, no moviliza mi conducta igual que si lo ha conseguido trabajando en la empresa familiar que compartimos.

El orgullo vicario por tanto puede ser un excelente movilizador social, si a aquel que admiramos ha obtenido legal, justa y meritoriamente su reconocimiento.

 

3. Orgullo beta – auténtico

Es el que evolutivamente tiene más fuerza. Un individuo por su esfuerzo, mérito o destreza, consigue mejorar su condición, status y valoración social ante los demás. Los demás reconocen su esfuerzo y obtiene no solo un premio directo sino una consideración especial del grupo. De este modo el resto de individuos también se motivan para destinar sus recursos y habilidades a la mejora de su posición, que la sociedad reconocerá. Los niños lo entienden bien: se ilusionan con llegar a ser alguien y van descubriendo cómo varios de sus ídolos, entrenaron o estudiaron durante años para llegar a ese nivel.

El orgullo basado en el mérito tiene un severo problema: no todas las sociedades lo favorecen. Cuanto más inculta, menos inteligente y menos empática es una sociedad, cuanto menos valora a quien realmente se lo merece y cuanto más  adora la apariencia y el linaje en vez de el conocimiento y esfuerzo peor irá. En esas sociedades el pillaje, el ultraje, el robo o la picaresca se permite, o incluso se bromea sobre ello, pero rara vez se castiga, creando un clima social que al despreciar el esfuerzo favorece la desconfianza y desvaloración personal y colectiva.

Basta observar ejemplos de «pseudomúsicos»  convertidos en super politólogos y economistas, «semiactores hijos de» en tertulianos de geoestrategia mundial u «oportunistas de la farándula» dedicados a dar consejos sobre la psique humana, para entender cómo el orgullo basado en el mérito no siempre es la seda que entreteje la salud de una sociedad moderna. De hecho hasta hace bien poco, el que no defraudaba a la Hacienda pública era «tonto» por contribuir al bienestar de todos y todavía hoy en día, no es público en la mayoría de países quienes y cuánto defraudan a la sociedad de la que se aprovechan. Largo camino para el Homo Sapiens aún…

La solución social que intente favorecer el orgullo beta real no viene por aplicar el lecho de Procustro y cortar a todos a la misma medida. Hacernos «iguales» anula la motivación al logro. Se trata pues de estimular las diferencias para que todos al final crezcan, pero desde el mérito no desde la herencia, el ultraje o el amiguismo.

Si se promociona el orgullo beta los individuos muestran conductas pro sociales orientadas al logro y al beneficio de todos. A nivel individual suben sus rasgos y marcadores de responsabilidad, satisfacción con la vida, amabilidad y salud mental. Estas personas se esfuerzan por alcanzar prestigio y se vuelven confiables, energéticas, empáticas, no dogmáticas y fuente de inspiración para los demás que quieren emular sus acciones y logros.

Podemos pensar que debemos evitar la comparación con el otro y es cierto, pero como mamíferos sociales que somos, la comparación se realiza sanamente a nivel de oportunidades, recursos y logros. De hecho los individuos que pueden elevar su jerarquía dentro del grupo muestran niveles de serotonina más elevados. Aquellos que pierden su prestigio, como en una pérdida de trabajo, los niveles de serotonina caen instantáneamente. Recibir un feedback negativo e injusto por parte de tu jefe o compañeros hace que tus niveles desciendan a niveles críticos.

Si te sientes deprimido, enfadado o agresivo, antes de abrazar el positivismo sin control piensa si estás en un ambiente social o laboral injusto. Cuidado con los ERE´s, los traslados, los cambios de departamento, el bloqueo al ascenso y la promoción después de años, la plaza a la que optabas y se llevo el primo del director… porque la serotonina se fue, con toda lógica después de millones de años de evolución, al garete. No te castigues más, lo que sientes es lo que se debe sentir. No pudiste sentir auténtico orgullo, ese que se enraiza en justicia y derechos sociales.

 

4. Orgullo alfa

Se diferencia del primero en que la identidad no se basa en algo externo sino en el sí mismo, en un claro «porque yo lo valgo». Es un orgullo muy cercano al narcisismo, peligrosamente mal fomentado como autoestima, y en el que uno piensa que merece porque sí, porque es especial.

Se relaciona con la desmesura. El individuo cree llegar a mucho más de lo que alcanza y se atribuye méritos no por sus acciones sino por ser quien es. Abunda en las esferas de poder, donde determinadas personas llegan a valorarse tanto a sí mismas, que creen ser absolutos responsables del devenir de sus empresas, sociedades, países o familias. En estos casos uno está ciego a la realidad: entre todos hacemos incluso aquello que aparentemente nos pasa a uno mismo.

Aquí entra la manifestación del becerro de oro. Fíjate cuánto tengo, incluso fíjate que tú puedes también. Es un mensaje que aunque nazca con buena intención se centra más en el cuánto que en el cómo y el qué. Curiosamente, como la ciencia y tradiciones saben, por mucho que tengas y por mucho alfa que saques al respecto, tus índices de bienestar y felicidad apenas varían.

Los griegos, que andaban listos evitando el concepto del pecado, nos enseñaron como este Hybris, la desmesura, no es un pegamento social sino una lacra a evitar.

Tristemente el orgullo alfa es demasiado habitual. Uno ya no aspira a hacer fotos de la naturaleza, de rostros humanos, de templos y catedrales o de obras de arte, sino que se centra en hacerse fotos a sí mismo, para verse de nuevo, y para mostrarse a otros que también aspiran fundamentalmente a verse a sí mismos. Y es que el selfie, que no es malo por decreto, roza y anima tanto al orgullo alfa que merece reflexión.

 

¿Y cuál es el más sano?

Muy probablemente el usuario de los orgullos 1 y 4 grite que hace lo que le viene en gana y que es bueno sentirse orgulloso. Hace bien, porque uno debe decidir en la medida de su libertad lo que es mejor para sí mismo.

La cuestión es que la libertad llega más con el conocimiento, la renuncia o la sabiduría que con la impulsividad o la indolencia. Más allá de lo que diga la persona, que puede estar muy lejos de la realidad, el sentimiento de orgullo que nace porque tú mismo o alguien cercano logra un avance merecido estimula, refuerza y favorece tu cerebro mucho más que el alfa o el «por ser yo» (1).

De hecho los estudios nos enseñan que el orgullo auténtico correlaciona positivamente con la salud mental y las relaciones sociales exitosas, mientras que el orgullo Hybris se vincula a comportamientos antisociales, agresivos y a problemas de ansiedad y depresión a largo plazo (2).

En el apartado de atracción hacia el otro, a veces se ha considerado que las muestras de orgullo alfa narcisista, donde se muestra el poder,  ejercen un efecto magnético de atracción por parte del otro sexo. Nada más lejos de la realidad. Una serie de estudios nos muestran que el prestigio, obtenido por el esfuerzo y el mérito, se considera un valor mucho más estable y potente que las clásicas muestras de dominación y status clásicas del orgullo alfa (3).

En definitiva si no puedes sentir orgullo auténtico pon tu mirada en otras vías de bienestar pero no te desgastes con identidades o actitudes alfa.

De hecho otras emociones, como la compasión, muestran una inusitada activación en áreas cerebrales vinculadas al cuidado, el afecto, la reducción del dolor, el cuidado y la salud (4).

Va a ser que de lo más orgulloso que podemos estar, es de querer y amar de verdad a los seres humanos y de construir una mejor sociedad para todos.

 

Referencias

  1. Jessica L. Tracy, Joey T. Cheng, Richard W. Robins & Kali H. Trzesniewski (2009) Authentic and Hubristic Pride: The Affective Core of Self-esteem and Narcissism, Self and Identity, 8:2-3, 196-213, DOI: 10.1080/15298860802505053
  2. Jensen Campbell, L.A. & Graziano, WG & West, SG. (1995). Dominance, Prosocial Orientation, and Female Preferences: Do Nice Guys Really Finish Last?. Journal of Personality and Social Psychology.
  3. Graziano, Loreta. I, Mammal: How to Make Peace With the Animal Urge for Social Power
  4. Emiliana R. Simon-Thomas, Jakub Godzik, Elizabeth Castle, Olga Antonenko, Aurelie Ponz, Aleksander Kogan, Dacher J. Keltner, An fMRI study of caring vs self-focus during induced compassion and pride, Social Cognitive and Affective Neuroscience, Volume 7, Issue 6, August 2012, Pages 635–648,

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