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Ciencia de la felicidad y bienestar

¿Preocupados por el virus, asesinos con la Tierra?

Ayer trataba de ampliar la visión sobre esos mensajes que nos tachan de monos estúpidos deshumanizados.

Me enfocaba en demostrar con datos, como la sensación de que somos un desastre y vamos mal, no coincide con la realidad. Ello es debido a nuestros sesgos (nos llaman la atención las noticias negativas) y a los medios (interesados en propagar que una persona se saltó un semáforo y no tanto en decir que millones de ellas no se lo han saltado).

Hoy viene la segunda parte vinculada a la «Madre Tierra» y esa deshumanización.

Parecería que no tenemos empatía por el planeta, luego a pesar de lo dicho ayer entonces seríamos esos monos estúpidos deshumanizados.

Va a ser que no… así que le damos perspectiva de nuevo.

Empatía, empatía, empatía…

Parece que la «inteligencia emocional» y por tanto la empatía (si es que ese constructo realmente es válido) sería la solución a todo.

Lo que no solemos conocer es que la empatía se fue desarrollando en el cerebro en relación a la cercanía: 1. la espacial y 2. la temporal. De hecho la famosa oxitocina se vincula al endogrupo principalmente y la famosa testosterona ni es tan violenta ni tan agresiva (no entro aquí en la psicobiología de las mismas, ganas no me faltan :)).

Es decir, que empatizo con los de mi grupo y con el presente y futuro inmediato principalmente.

Con los del exogrupo y con el futuro lejano tenemos problemas, pero no por malos o deshumanizados, sino porque nuestro cerebro necesita mucho esfuerzo para ese cambio. El medio ambiente se percibe como futuro lejano, aunque no lo sea.

Esta es la razón, insisto, lejos de la deshumanización, por la que fácilmente caemos al pánico del papel higiénico por un microorganismo (que nos han aniquilado siempre), tenemos miedo a las serpientes y no a los coches (aunque éstos provocan más muertes que las víboras) y por la que un problemón como el cambio climático nos cuesta, ¡o nos costaba!, mucho más.

Creer que una civilización antigua indígena, que personalmente forman parte de mis más profundas memorias, eran todos uno con la Tierra y ahora nosotros no, es una falacia que no se sostiene, simplificada en el ayer citado mito del buen salvaje de Rousseau. Basta ver cómo veían las tribus al exogrupo…

El budismo aboga por esta vía de compasión con todos los seres sintientes. Parece que tampoco tiene en cuenta ese aspecto temporal y espacial. Al menos marca una dirección de partida interesante: tú mismo.

Pero no siempre se usa: uno habla y habla a veces del amor a los demás, los animales o el medio ambiente sin pasar por el propio centro.

No vale que por exceso de empatía con el otro, con todos los seres e incluso con el planeta, hayas olvidado cuales son tus emociones, cómo las reprimes y cómo suenan. Y créeme que este patrón es más común de lo que uno imagina. A veces el mesías de la ayuda a los 10.000 seres no sabe aún ayudarse a sí mismo. Sobre los tipos de ayuda ya hemos hablado estos días…

La re-construcción no obstante es clara y tiene sentido cerebral.

Comencemos por el amor propio. ¿Nada fácil verdad? Tratemos después de extender a nuestros seres queridos en el espacio y el tiempo esa bondad. Cultivemos la cultura, la educación, la apertura, el conocimiento de otros mundos, pueblos y modos de vida, de forma que te des cuenta de que no somos tan diferentes, o mejor dicho de que la diversidad es riqueza y no amenaza. Reconozcamos por fin esa gran madre que nos sostiene.

La razón, tan denostada, necesita ser ampliada. Hagamos caso a lo urgente, incluso aunque las tripas tribales todavía estén en el Pleistoceno medio.

– Si te cuesta empatizar, aprende a entrenarla.
– Si empatizas con lo de fuera y poco con tu amor propio y dignidad, aprende a entrenarla.
En ambos casos necesitarás mucho más que «inteligencia emocional»… tienes que ampliar al cerebro social.

En definitiva no somos monos estúpidos ni sociedades asquerosas llenas de vecinos y seres «materialistas», sino cerebros esculpidos por la evolución.

Aunque para tus tripas solo existan miedo a los virus, esfuérzate para que tu cabeza sea cada vez más responsable  contigo, con todos y con todo.

Va a ser que sí, que somos grandes.

El cerebro social es uno de los módulos clave que enseño en La Ciencia de la Felicidad y Sabiduría.

Indispensable para no caer en trampas empáticas como las citadas y en la construcción real desde la base del bienestar y rendimiento de las personas.

Indispensable para no caer en la trampa del «do it yourself».

Y sí, un cerebro social puesto en práctica, te permite vivir en un espacio mucho más allá que una mente limitada a los «tuyos» o a «los buenos y malos», a «los espirituales y los materiales» y a los «monos estúpidos y los monos responsables».

Mucho más allá… por fin.

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